sábado, 25 de noviembre de 2017

# 2

Hola, es la primera entrada que hago acá. O sea, ya sé que hay otra más antes que esta, pero esta es la primera que realmente escribo yo.
La entrada anterior, es una parte de un libro que estoy leyendo ahora, ¿sabes?. Se llama: "Mensajes en las paredes de los baños'', o "Mensajes en la pared del baño''. No me acuerdo si era en plural o singular, pero bueno, no es algo que importe mucho.
Como sea, copié esa frase del libro porque me pareció una buena forma de empezar este diaro-blog-carta-diario íntimo. Ese libro está escrito en forma de diferentes cartas, como el personaje principal no le habla a su psicólogo, le escribe cartas contándole cómo se siente y todas esas cosas que una persona normal le cuenta a su psicólogo.
Otro de mis libros favoritos está escrito así, "Las ventajas de ser invisible". Ese título sí estoy segura de que es así, es que realmente amo ese libro. Bueno, la cosa es que, también está escrito en diferentes cartas, todas dirigidas a una misma persona: su amigo.
Un personaje le escribía a su psicólogo porque no le hablaba; otro, a su amigo, porque no tenía muchxs amigxs en la vida real y era realmente torpe para relacionarse con lxs demás.
Yo soy una combinación de ellos dos: 1: No tengo psicólogo o psicóloga, por lo tanto no le puedo hablar. Y cuando iba, mucho no sabía expresarme. 2: No tengo a nadie. Bueno, a casi nadie. Estoy de novia hace dos años y tengo muy pocxs amigxs, pero sólo sé molestar y seguramente si les hablo a ellxs de mis problemas, molesto. Entonces, no, no tengo con quién hablar.
Y así es como nació esta idea, ¿viste?
Espero que vos me leas y no me juzgues. Que estés abierto a escuchar lo que sea que salga de mí, lo más lindo y lo más mierda también. Ya sé que no me podes abrazar, estás muy lejos (o yo soy la que está muy lejos de todo), pero con sólo escuchar haces algo. Hacés mucho más que cualquiera que esté acá. Hacés lo mismo que hacías antes, pero no sé qué pasó, que ya no pasó como solía pasar. Espero...espero mejorar. O espero no empeorar. La vida me enseñó a no tener tantas expectativas. Ojalá escuches y puedas entender. Y si no podes entender, ojalá puedas acompañarme. Porque siento que sola ya no puedo.

Love.
Amy.

viernes, 24 de noviembre de 2017

# 1

''Una vez me preguntaste de qué tenía miedo. No te respondí porque no tenía ganas. Hablar de eso me hace sentir patética. Pero, como es tarde y no puedo dormir, esto es lo que me viene a la mente cuando no puedo conciliar el sueño.
A esta altura, ya te habrás dado cuenta de que soy capaz de defenderme de cualquier cosa que pueda aparecerse en mi dormitorio en medio de la noche, pero continúo con los puños presionados y con la mirada alerta en busca de la fuente del chirrido que se oye por debajo de los tablones del suelo porque parte de mí aún cree que lo que veo y escucho es real. Que algo está intentando llegar hasta mí.
Me acuerdo de un cuento que una vez leí sobre un hombre que pensaba que la gente que viajaba en el mismo tren que él quería matarlo. Se había convencido de que todos podían leer sus pensamientos y que lo iban a sacar a rastras del vagón en la siguiente estación y golpearlo hasta la muerte.
Se encerró en el baño durante más de una hora. Finalmente, cuando el tren llegó a la siguiente parada, salió corriendo del compartimento a los gritos, dio un salto hacia el andén de la estación, no calculó bien y se abrió la cabeza contra el banco nevado que estaba por debajo.
Tenía treinta y siete años. Bastante joven como para morir.
He descubierto que, en la mayoría de las historias, al menos en las que he leído en la escuela, los trenes suelen tener algún significado que está relacionado con la aventura o con la muerte.
En un rincón de mi habitación, veo a un hombre de pie debajo de una sombra. Lleva un bombín negro y un bastón con la superficie curvada. A cada par de minutos, observa el reloj y me echa un vistazo.
- Ya es casi la hora - no deja de repetir de forma silenciosa -. Prepárate para correr. El tren está por llegar.
- ¿Ya es casi la hora para qué? - quiero preguntarle.
Pero él se limita a sonreír y mantenerse callado. No tiene que hablar.
Y, aunque sea un hombre escalofriante y me gustaría que se marchara, no le tengo miedo a él.
Tengo miedo de cómo eran las cosas cuando yo creía que él era real.
Tengo miedo de que, algún día, no sea capaz de observar el desfile de alucinaciones sin hacer lo que me pidan que haga porque temo que la medicina deje de funcionar. Y, si eso ocurre, todos tendrían buenos motivos para tenerme miedo.''