''Una vez me preguntaste de qué tenía miedo. No te respondí porque no tenía ganas. Hablar de eso me hace sentir patética. Pero, como es tarde y no puedo dormir, esto es lo que me viene a la mente cuando no puedo conciliar el sueño.
A esta altura, ya te habrás dado cuenta de que soy capaz de defenderme de cualquier cosa que pueda aparecerse en mi dormitorio en medio de la noche, pero continúo con los puños presionados y con la mirada alerta en busca de la fuente del chirrido que se oye por debajo de los tablones del suelo porque parte de mí aún cree que lo que veo y escucho es real. Que algo está intentando llegar hasta mí.
Me acuerdo de un cuento que una vez leí sobre un hombre que pensaba que la gente que viajaba en el mismo tren que él quería matarlo. Se había convencido de que todos podían leer sus pensamientos y que lo iban a sacar a rastras del vagón en la siguiente estación y golpearlo hasta la muerte.
Se encerró en el baño durante más de una hora. Finalmente, cuando el tren llegó a la siguiente parada, salió corriendo del compartimento a los gritos, dio un salto hacia el andén de la estación, no calculó bien y se abrió la cabeza contra el banco nevado que estaba por debajo.
Tenía treinta y siete años. Bastante joven como para morir.
He descubierto que, en la mayoría de las historias, al menos en las que he leído en la escuela, los trenes suelen tener algún significado que está relacionado con la aventura o con la muerte.
En un rincón de mi habitación, veo a un hombre de pie debajo de una sombra. Lleva un bombín negro y un bastón con la superficie curvada. A cada par de minutos, observa el reloj y me echa un vistazo.
- Ya es casi la hora - no deja de repetir de forma silenciosa -. Prepárate para correr. El tren está por llegar.
- ¿Ya es casi la hora para qué? - quiero preguntarle.
Pero él se limita a sonreír y mantenerse callado. No tiene que hablar.
Y, aunque sea un hombre escalofriante y me gustaría que se marchara, no le tengo miedo a él.
Tengo miedo de cómo eran las cosas cuando yo creía que él era real.
Tengo miedo de que, algún día, no sea capaz de observar el desfile de alucinaciones sin hacer lo que me pidan que haga porque temo que la medicina deje de funcionar. Y, si eso ocurre, todos tendrían buenos motivos para tenerme miedo.''
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